Librería del Saber Folklórico

Selección y textos: Daniel Aguilera Delgado



SOBRE LA POESIA POPULAR IMPRESA (Rodolfo Lenz)



En 1894 la colección de poesía que el profesor alemán Rodolfo Lenz atesoraba alcanzaba sólo a 78 números, pero 4 años más tarde llegaba a 218 y diez años después era de 450, aunque ya decreciendo en calidad, según la frase de Bernardino Guajardo: “Que entre tantos trilladores echaron a perder la era…”

La clasifica en femenina y masculina y con distintos argumentos, métrica, canto e instrumentaciones. Son las cantoras quienes cultivan una lírica liviana, el baile y cantos alegres en estrofas de cuatro o cinco versos, acompañándose de arpa y guitarra; una buena cantora es la que poseía abundancia de melodías y versos El canto épico o romance queda reservado a los hombres, igual que “la tenzón” o contrapunto, especialmente en décima espinela, instrumentada por el sonoro guitarrón.



Un cantor que se precie debe saber tres, cuatro o más entonaciones y la habilidad para improvisar dedicatorias, despedidas, brindis y componer historias que algunos hacen imprimir y vender, dando cuenta de acontecimientos nuevos y experiencias antigüas, que el ferrocarril se encarga de repartir. Asegura que este género de música descendería directamente de la poesía de arte mayor propia de la sociedad cortesana de España en el siglo XVI, que heredó Chile con la conquista.

Los poetas empiezan su labor el sábado por la tarde en alguna fonda, donde permanecen hasta el lunes, cantando del cielo y la tierra, del amor y de peleas, deslizando algún versito jocoso al trinar del guitarrón que define detalladamente

Como resumen declara que lo que se vende ya está lejos de ser poesía y lejos de ser popular, definiéndola como una literatura de alta alcurnia que ha caído al barro. Sólo los versos a lo humano, dice, tratan temas de interés, como una prueba de que el pueblo bajo anhela tener participación en la cultura de las clases superiores. Cabe señalar que estos juicios, Rodolfo Lenz los publicó en 1919, cuando ya la importancia de la poesía popular iba en franca declinación.

Concluye insertando una variada y documentada colección de décimas encuartetadas y brindis de los mejores bardos de nuestra poesía. Un tesoro para los estudiosos de este género que sabrán disfrutar por contener la opinión autorizada de un insigne científico de las letras, lingüista, filólogo y lexicólogo.





PÁGINAS CHILENAS Y NUEVAS PÁGINAS CHILENAS (Joaquín Díaz Garcés)



Dos publicaciones de antología en nuestra literatura costumbrista, llenas de cuadros pintorescos simples y naturales, escritos con sencillez, calidez y variedad de temas, donde siempre el cariño por el terruño se manifiesta abiertamente.

Es que Joaquín Díaz Garcés fue, a no dudar, uno de los personajes decisivos para el desarrollo del periodismo nacional y continuador en la narrativa del ambiente popular de mediados del siglo XIX.



Con su pluma punzante y audaz nos dejó señeros bocetos de la vida urbana y rural, donde audaces bandidos, militares, u oscuros artesanos y campesinos, ponen en movimiento relatos con un elegante sentido del humor y fuertes cargas emocionales revelando su nostalgia por un Chile antiguo de bucólicos escenarios y de una sociedad sobria y tradicional.

Son crónicas históricas que, con suaves y precisas pinceladas sobre un paisaje lleno de autenticidad, cobran una vida multicolor a pesar de los años. Son sencillos cuentos criollos perfilando con gracia y perfección los rasgos propios y seguros de sus humildes personajes callejeros o huasos de a caballo que se imponen con ese gracejo mordaz, irónico, pesimista y gracioso de nuestra gente.

Como no sonreír de buena gana después de leer “Un almuerzo”· o “El más bruto de los héroes” o “Las glorias de la chicotera”, o conmoverse con las lúgubres evocaciones de “La Compañía” o “El maestro Tin Tin”, hinchar con orgullo el pecho al repasar los aún humeantes recuerdos “El Combate Naval de Iquique”.

De su delicada y fina pluma nacen escenas rústicas de nuestra raigambre supersticiosa, sentida y popular, y las laboriosas faenas del campo no escapan tampoco a su sagacidad observadora, dejándonos aromáticos paisajes que nos invitan gratamente a recorrerlos.

Un par de libros que recogieron inquietudes que para el folklore son cuadros de costumbres y que se quedaron para siempre a nuestra disposición.





ARTE POPULAR CHILENO (Tomás Lago)



Para los amantes de nuestras tradiciones, Tomás Lago ha sido uno de los estudiosos más prolíficos, ya que nos ha entregado diversos ensayos que ayudan a entender con mayor profundidad a nuestra gente y sus obras. En esta oportunidad es grato proporcionar antecedentes referidos a las habilidades manuales que identifican a muchas localidades del país que se han hecho famosas justamente por sus artesanías, que reflejan los grupos prehispánicos que aquí había y sus áreas de influencia, con “su sabiduría ineducada”



Tenemos en primer lugar al barro, que en todas las culturas ha dado origen a una cerámica totalmente utilitaria para contener líquidos y almacenar comidas, con rasgos únicos, interesantemente coloreada, donde desde Arica al Loa se observan influencias Aymaras y Quechuas; hasta Copiapó domina la cultura Diaguita y Molle. Cerca de Santiago celebridad alcanza Pomaire y Talagante y más al sur Cauquenes y Quinchamalí con su famosa guitarrera.

La cestería, sería anterior a la cerámica, ya que es más fácil recoger tallos enredaderas, hojas o raíces para contener o atar objetos. Ejemplos existen desde Arica a Tierra del Fuego con manualidades de distinguido arte popular. Los Atacameños en el norte dan fe de ello, seguidos de los Diaguitas, más al sur famosa es la cestería de Rari y Chiloé, y los sombreros de Colchagua.

Los tejidos de abrigo ocupan otro lugar importante en su ensayo, donde la lana animal dio origen al hilo y la lana que se teñían con productos vegetales para dar mayor colorido a sus vestimentas. Notable resultan aún en nuestros días las artesanías de San Pedro de Atacama, La Ligua, Doñihue y Dalcahue.

Los metales, aún hoy atrapan la atención de la gente, con las trapelachuchas, trariloncos y siqueles de plata de los orfebres destinados a embellecer a las mujeres indígenas. Los herreros aportaron puntas de lanzas, cuchillos frenos y espuelas para sus cabalgaduras, con los jesuitas como maestros técnicos y los mestizos con su trabajo e ingenio.

La madera tallada, también herencia de los jesuitas, que junto con decorar sus púlpitos y altares la hicieron lucir en los estribos del huaso con maravillosos botones moriscos de primorosa arquitectura.

A ello hay que agregar el vestuario ecuestre ya que el huaso se viste en forma elegante junto con su fiel cabalgadura. Doñihue aporta el chamanto y la faja, Curicó las botas, taloneras y pierneras, Chillán las espuelas y Curicó, a medias con Colchagua, engalanan al caballo.

Un libro pequeño, pero con abundantes testimonios de lo que es el armonioso arte popular, vigente aún en todas las localidades de nuestra larga y angosta geografía.



ZURZULITA (Mariano Latorre)



Es una novela publicada en 1920, con toda seguridad la obra más ilustrativa del criollismo chileno. Su nombre deriva del arrullo de la huidiza tórtola con que el protagonista identifica a su enamorada Milla, la dulce profesora purapelina. La importancia que para el mundo del folklore asume esta obra tiene muchos fundamentos, empezando por señalar que grafica con precisión fotográfica la realidad campesina de los primeros años del siglo XX por su destreza en la representación del paisaje y como se ubica el hombre en él. El principal elemento es la naturaleza y la vegetación, que bajo la filosa pluma de Latorre toma vida propia devorando a los personajes. . En su época, hubo mucha crítica condenando sus excesos descriptivos. Ecológicamente, hoy son testimonios de campos degradados, cerros con sus rojas venas abiertas por la avaricia y descontrol del hombre.

Las costumbres criollas abundan, no faltando escenas como la vendimia, el velorio de angelito, fiestas o procesiones a sus santos patronos.

En segundo lugar están los personajes, una galería de campesinos recortados con cuidadoso acierto, desfilando sobre un agreste escenario con su pobreza y mansedumbre, víctimas de la naturaleza y de la voluntad de los poderosos. El huaso ladino y mañoso con la costumbre de dirimir conflictos aplicando la ley del más fuerte, que no vacila en asolar tierras o robar ganado, personificado en la insidiosa figura de On Carmen Lobos, aspirante también al corazón de Milla y que, aliado con los pintorescos bandidos locales, provocará un inesperado desenlace. Los niños, como Quicho, el hermano de Milla, que a su corta edad, ya desarrolla la astucia de un zorro cordillerano. El lector se queda con la seguridad de que cada personaje aún vive en algún rincón de la campiña maulina con su socarrona identidad local.

Por último, está el lenguaje utilizado, que exalta las voces campesinas producto de una preciosa y poética observación, con chilenismos y giros idiomáticos agudos y coloridos incorporando la oralidad a su narrativa. Es la novela de la tierra, la voz de los cerros rezumante a boldo y peumo, vigorosa como el roble y cantarina como las aves.



No en vano a Mariano Latorre, nacido y criado en aquellos parajes, se le concedió el Premio Nacional de Literatura en 1944 y hoy es uno de los íconos para los folkloristas, que tanto gustan de representar vivencias rurales. Debieran consultarlo para empaparse en el habla, supersticiones y costumbres del campesino del Maule.



SANTIAGO CALLES VIEJAS (Sady Zañartu)



Es una acuciosa recopilación de antecedentes que describe la naturaleza de las principales calles santiaguinas, sus orígenes y las razones por la que tuvieron ciertos nombres que el tiempo, asociado con el olvido sepultaron con una gruesa capa de sombras. El relato comienza con la escena de la fundación de la ciudad en el cerro Huelén con los caciques de la comarca presentes, los que sin entender lo que Pedro de Valdivia anuncia lo escuchan con asombro.



Son pocas las calles que llegan a nuestros días con su nombre original. El ciudadano actual ignoraría si alguien le consultara sobre la calle del Peumo, la del Ojo Seco, la de las Claras o la cañada de García de Cáceres. Tampoco podría orientar a ningún turista que consultara por la calle del Chirimoyo, la del Rey, la de las Ramadas o la del Galán de la Burra. Desconocida hoy nos resulta la calle de las Matadas, la de los Baratillos Viejos, la de Bretón, la de las Cenizas, la de la Muerte, la de la Maestranza o la de las Recogidas.

Todo ello debido a que en sus inicios nuestra capital se orientó por el personaje que allí vivía, la toponimia que caracterizaba al sector o el suceso que hubiera dado fama a cada una de ellas. Las más comunes, sin duda fueron las congregaciones religiosas que se instalaron en ciertos sectores y que dieron su nombre perpetuándose con el paso de los siglos, como La Compañía de Jesús, los Dominicos, los Franciscanos, los Agustinos o los Mercedarios.

Es un libro interesante para los amantes de la historia con que este versátil autor nos ayuda en forma muy amena a desempolvar y recuperar hechos desconocidos de la ciudad con un sabroso anecdotario que con el paso de los años ni siquiera se mantiene en el desván de los recuerdos.

Otra nota interesante la pone al incluir un capítulo donde se entrega información sobre los personajes de nuestra historia que vivieron en cada una de las calles.

Sady Zañartu nació en Tal Tal y desde 1974 integra la galería de Premios Nacionales de Literatura.



CARTAS DE LA ALDEA - Manuel J. Ortiz



Constituyen sabrosas viñetas campesinas de comienzos del siglo XX, donde el autor caracteriza a un profesor normalista rural destacado en un remoto pueblo sureño, encadenado a los avatares de su pintoresca sociedad, pero que se hace el tiempo para remitir al Diario El Mercurio en la capital una serie de cartas, donde con el fino estilete de su pluma va recortando los personajes populares del lugar, sus costumbres, chismes, ideales y conspiraciones políticas propias de la época, reflejo de una aguda observación que no deja escapar detalles. Todo coloreado con castizos giros idiomáticos y una liviana comicidad que atrapa al lector.

Si bien la acción se desarrolla en un mismo ambiente, cada personaje es un hilo conductor que cambia de eje permanentemente, entrelazándose con otros y a la larga con todos. Cada capítulo puede considerarse un cuentecillo independiente, con alardes de astucia y picardía en unos, ambiciones sociales y la sed de poder de sus autoridades con sus inefables chascarros, aplicando con rigor el viejo adagio popular que estigmatiza al pueblo chico transformándolo en un infierno grande con graciosa tolerancia pueblerina.

Es una obra muy amena que todo folklorista debiera consultar para que en sus proyecciones escénicas incorporen la esencia y las raíces de nuestro criollismo, con cuadros de costumbres, situaciones y personajes que revelan nuestra idiosincrasia e irrumpen con esos rasgos identitarios que tras un siglo justo de haber sido escrita, aún sobresalen en los pueblos más pequeños y abandonados, hasta las más progresistas y modernas de nuestras ciudades.

Es un libro que se lee de una sola sentada y con una permanente sonrisa. Lo lamentable radica en que es escaso y sólo puede ser consultado en las Bibliotecas, o con mucha suerte y paciencia hallar algún ejemplar olvidado con el polvo de los años en algún Mercado Persa, pero vale hacer el esfuerzo por su lectura, porque nos darán luego la razón: los chilenos de hace un siglo atrás, eran igualitos a nosotros.


JUEGOS Y ALEGRIAS COLONIALES EN CHILE - Eugenio Pereira Salas



Los juegos o entretenciones son, por regla general hechos sociales que involucran a toda una comunidad, que poco a poco se van sujetando a reglas fijas que terminan convirtiéndolos en un protocolo de sagrados códigos. Este libro, de notable interés, recoge como en un mosaico de multicolores trozos, destacados antecedentes de nuestra historia lúdica entre la dispersa documentación que Chile heredó de su período colonial, donde se muestra el desarrollo y evolución de los juegos y entretenciones de entonces.

Las corridas de toros también tienen su especial capítulo, igual que los reñideros de gallos, la chueca, los juegos de pelota, de bolos, la rayuela y el volantín contemporáneo, que sobrevive a pesar de su añosa existencia.

Sobresalen los juegos épicos de caballería, que arrancan con el imperativo de proezas y hazañas bélicas, motivadas sin duda por la larga guerra de conquista que significó para el aventurero español imponer la Capitanía del Reino Chile sobre el indómito pueblo aborigen, quien apenas conoció las virtudes del caballo, lo incorporó a su cultura convirtiéndose en un eximio jinete. Con el tiempo, el uso de este noble cuadrúpedo dio origen a una importante industria comercial con monturas adecuadas a nuestra difícil geografía, estribos de madera y espuelas de singulares rodajas, coscojos y frenos de primorosa arquitectura, que en su conjunto van recortando en tenues trazos la silueta actual de nuestro huaso. Y las entretenciones o juegos sobre el caballo no se hicieron esperar, y quienes pudimos disfrutar en la niñez del ambiente campesino y popular, aprendimos en fuente viva de las carreras la chilena con sus apuestas y pendencias; de las topeaduras, del tiro del gallo, o la caza de los anillos.


HERENCIA MUSICAL DE RAPANUI - Ramón Campbell



Constituye un volúmen etnomusical macizo y profundo editado en 1971 basado en las experiencias personales vividas por el autor en la isla, que le permitió conocer su prehistoria y arqueología, su filología, etnología y geografía. En su calidad de médico y músico pudo tener acceso fácil a la población pascuense y descubrir muchas danzas antiguas con sus instrumentos originales y una gran variedad de cantos y juegos que ya se consideraban extinguidos, pudiendo diferenciar con severo rigor científico, aquellas expresiones que son de origen polinésico, producto de sucesivas intromisiones foráneas.

Las leyendas y la religiosidad pascuense se hallan presentes con numerosas anotaciones musicales, recios testimonios de la acuciosidad con que el doctor Campbell encaró el desafío de recuperar para la posteridad parte importante del tesoro cultural existente en la isla.

Incursionar en la cultura Rapanui significa ingresar a un intrincado laberinto donde sobresalen muchas preguntas, con ausencia de respuestas producto de su extremo aislamiento. Así pudo conservar riquezas musicales únicas, pero invasiones esclavistas del siglo XIX exterminaron a la mayor parte de la población erudita, con lo que muchos secretos y códigos de tablillas con inscripciones jeroglíficas desaparecieron.


CHILOÉ Y LOS CHILOTES - Francisco Javier Cavada



Es sin duda el primer registro de la cultura chilota que en 1914 publicó el sacerdote que más tarde fuera Obispo de Ancud, don Francisco Javier Cavada, obra que ha llegado hasta nuestros días como un antecedente de culto para quienes desean interiorizarse en este mitológico archipiélago.

La obra es un compendio que retrata el carácter general de sus pobladores, con su bagaje de historia, sus costumbres y festividades sociales. Considera un breve estudio lingüístico de su literatura popular, sus cuentos, poesías y romances que hasta hace muy poco aún se mantenía en la memoria de la gente. Las primeras anotaciones de sus bailes populares, fiestas religiosas, mitos y supersticiones se encuentran en sus páginas, igual que su flora y fauna.

Incluye el vocabulario y gran cantidad de chilenismos (chilotismos) de uso propio entre sus habitantes, quienes asumen su aislamiento geográfico colocando un gran tesón en la conservación de un regionalismo que los hace diferentes.

Los estudiosos del folklore chilote tienen un paso obligado por esta interesante publicación, amena e ilustrativa de las observaciones que en el lugar hiciera don Francisco Javier Cavada en su tarea evangelizadora. Aunque como libro es una pieza casi imposible de hallar, La Biblioteca Nacional ha hecho de ella un documento digitalizado al alcance de todos los cibernautas.



RECUERDOS DE TREINTA AÑOS (José Zapiola)



De los libros trascendentales y escasos que fijaron como objetivo narrar las costumbres y hechos de nuestro Chile post colonial y pre republicano nada mejor que recorrer estas páginas para reencontrarnos con los pocos vestigios arquitectónicos que los terremotos y las discutibles ambiciones de los modernos urbanistas nos han dejado.

La vieja pugna entre O’Higginistas y Carrerinos, sus descalabros militares, las consabidas intrigas saloneras por la apetencia del poder tienen en don José Zapiola un testigo de primeras tintas, igual que la influencia ejercida a nuestra primitiva cultura musical por Carlos Drewecke, Isidora Zegers y el violinista Massoni, que derivaría en la formación de la primera Sociedad Filarmónica Nacional.

Es un recorrido por la Plaza de Armas, el Cementerio, la Chimba y la Cañada, por la educación, el vestuario y la moda. Por los cafés, fondas y chinganas, con olor a fritanga, albahaca y esos mostos con rezumo de campo y tintineo de espuelas y herraduras; con el arpa y las guitarras desgranando con sus sones los primeros arpegios de la cueca y la concurrencia azuzando a los danzantes. Y si seguimos el refinado gusto del autor, veremos la afición de la gente por la música, el teatro, la ópera y el baile, junto a sus más preclaros personajes. La seguridad pública, la policía, los habituales salteos tienen también sus notas destacadas, igual que los primeros movimientos políticos y su chismografía circundante.

Si bien don José Zapiola no demuestra un compromiso muy marcado con el ambiente popular y omite mucho en ese sentido, la obra encierra un profundo y acabado conocimiento de costumbres que no siempre es utilizado para hurgar en aquellos años, cosa que todo folklorista serio debiera tomar en cuenta, especialmente cuando se trata de proyectar, imaginar o recrear situaciones de ya centenarias épocas y que tras su amena lectura parecen volver entre las brumas oscuras del pasado.



ANTOLOGIA DE LA ADIVINANZA EN CHILE - Magdalena Fuentes Zurita



Desde muy antiguo, la Adivinanza fue una entretención oral y popular que se desarrollaba en familia como una herramienta para aguzar el ingenio, el culto por la sabiduría que amplía el lenguaje y un medio para mantener en vigencia las tradiciones locales.

No se tienen certezas exactas sobre su origen, aunque si bien puede afirmarse que a América habrían llegado con las huestes colonizadoras desde el viejo continente, acá para los aymaras, aztecas, guaraníes, mayas, quichuas y mapuches ya eran de uso popular gozando de mucha difusión.

En la actualidad, a medida que la tecnología mediática ha ido avanzando, la adivinanza, como herramienta de conectividad social declinó al punto que los programas de educación ya ni siquiera las consideran como estímulo para la imaginación de los niños y sólo muy pocos investigadores se preocupan por recuperar la costumbre de un pasado no tan lejano que acortó significativamente las largas noches de invierno y alternó con rezos y rosarios en la mitigación del dolor en los velorios.

Magdalena Fuentes es una poetisa e investigadora cuya propuesta en esta obra procura facilitar un espacio para la comunicación entretenida, con la picardía, la riqueza e intencionalidad de nuestro lenguaje para mantener viva la magia del niño que cada adulto lleva consigo.

Es una selección atinada de varios estudiosos de nuestra sabiduría popular que nos obliga a redescubrir aquellas adivinanzas aprendidas cuando niños, contadas por nuestros padres y abuelos como entretenciones seriamente pedagógicas y que luego pasaron a formar parte de nuestras travesuras y juegos.


BAILES DE TIERRA EN CHILE (Magot Loyola)



Un notable compendio de bailes propios de lugares con identidad, con ese fuego íntimo que eleva la presión y activa las pulsaciones del corazón, dirigido a profesores, alumnos y estudiosos de nuestros bailes de carácter pícaro, contrapuestos a los de estrado o salón.

El estudio comprende a la cueca y sus variantes, como la Cardita y la Porteña; La Jota y la Seguidilla, de origen hispánico, la Sajuriana y el Gato, de raigambre argentina traídas por el Ejército Libertador, además del Sombrerito y la Refalosa venidas del Perú. Todas de una poderosa popularidad durante el siglo XIX en las provincias centrales de Chile, desde Aconcagua a Chiloé.

Cada baile fue objeto de prolijas y repetidas observaciones como siempre ha sido costumbre en Margot Loyola ya que además de sus antecedentes históricos, analiza e investiga también su dispersión en el territorio, su etimología, función y ocasionalidad. Incorpora sus textos, coreografías, transcripciones musicales a una o dos voces, acompañamientos instrumentales e ilustrativos dibujos que ayudan didácticamente al lector a tener una actitud especial frente cada danza, que incluye la posición de la cabeza, rostro, brazos, especialmente el izquierdo, tronco, piernas, pasos, la expresión con el pañuelo, diferenciado todo entre varones y damas.

Valiosos antecedentes métricos y rítmicos, afinaciones de la guitarra, con especial hincapié en la forma de cada baile, que consiste en su organización estructural, la correspondencia o complicidad generada entre ambos ejecutantes. El estilo se circunscribe a la expresividad, gestos, movimientos o intenciones demostrados en cada baile y por último el carácter, que es el antecedente que desnuda la personalidad de cada individuo o bailarín.

Es una pieza de lujo y de culto para todos los folkloristas e investigadores, quienes debieran manejarlo en el velador, ya que siempre queda un detalle inobservado detrás de cada frase. Un libro maestro escrito por una maestra.


RETABLO PINTORESCO DE CHILE - Antonio Acevedo Hernández



Este libro, es un verdadero retablo compuesto por pequeños cuadros de fresco colorido con que su autor, Antonio Acevedo Hernández recuerda vivaces estampas folklóricas y de costumbres por donde transita el hombre.

Ausente no puede hallarse la cueca y las infaltables cantoras junto a los payadores, las tradiciones populares, leyendas y devociones desnudando los aspectos simples de la vida nacional con un enfoque lleno de gracia y sonoridades.

Incluye una serie de crónicas costumbristas donde no falta un bautizo, ni el aspecto de la Cañada en los días de Pascua, ni la fraganciosa visita a la Feria de Chillán, una típica Noche de San Juan y la historia de la flor de la higuera.



La religiosidad popular va con la procesión de San Pedro y la devoción criolla por la Virgen, ya sea en Livílcar o en Andacollo, con un recorrido por los Santos Patronos del Norte y sus festividades.

Con su agudo poder de observación atrapa a tipos humanos de la más diversa estirpe, destacando a los guapos, a los cerrucos y los cochenchos.

Valiosos antecedentes históricos en un país que sabe de desastres, como el terremoto y maremoto que asoló la ciudad de Arica en 1868, donde todavía se hallan vestigios del fin trágico de los marinos embarcados en numerosos buques al ancla bajo la sombra del Morro, como la corbeta América y la Wateree.

Sobrecogedoras escenas del terremoto que sacudió Valparaíso en 1906, donde no hubo familia que no dejó de vestir luto.

También recoge el drama humano de Chillán, en 1939 y la doliente angustia de todo Chile ante un aluvión de tierra y muerte que ni siquiera El Dante hubiera podido imaginar.

Y la vida y pasión de dos legendarios payadores: El maulino Taguada y don Javier de la Rosa, trenzados en un lance de tragedia y poesía, astucia y picardía, musicalidad y sabiduría.

Un abanico cromático armonioso e ilustrativo, elaborado con las fibras del sentimiento humano, con sus penas y alegrías es el que nos dedica don Antonio Acevedo Hernández, uno de los mejores intérpretes de la esencia popular de nuestros campos.



EL HUASO - TOMAS LAGO



La mayor parte de los Grupos Folklóricos nacionales inspiran su quehacer en torno a la figura y las costumbres de nuestro huaso, donde muchas veces, por falta de información o de estudio, dan como resultado tristes caricaturas.

Tomás Lago realizó un interesante ensayo antropológico y social que inicia destacando a su principal complemento: su caballo, sus orígenes, la forma de cabalgar, donde la bestia muestra su agilidad, evolucionando según la voluntad del jinete.

También grafica el impacto que significó su presencia entre nuestros aborígenes y su rápida incorporación en sus tácticas guerreras y como más tarde los criollos comenzaron a hacerlo su compañero inseparable, al punto de dar inicio al establecimiento de criaderos, mejorando y estabilizando su estirpe en distintas haciendas de la zona central, destacando las de Alhué y Quillota. Ello, casi en seguida derivaría en su aplicación a numerosas faenas laborales y en una serie de juegos de destreza, de los cuales aparecería luego la aparta de vacunos y el rodeo.

La dupla huaso-cabalgadura obliga a desarrollar una primorosa industria talabartera para riendas, lazos y monturas; otra basada en las herrerías, de cuyas fraguas emergen guarniciones metálicas llenas de complicados arabescos, firmes frenos, bocados y espuelas con finas filigranas de plata y bronce, para culminar con una delicada artesanía en maderas nativas que produce los estribos. Y aquí surgen muchas localidades que se especializan y se identifican con una y otra especialidad, como las monturas curicanas y las espuelas chillanejas.

En estas artesanías, gran responsabilidad debe asumir la orden de los jesuitas al introducir sus grandes y laboriosos conocimientos industriales que se enquistaron y enriquecieron estas artes populares elevándolas a una sobrevivencia aún vigente en nuestros días.

A medida que el caballo encarece sus aperos, su jinete también adapta su vestuario en forma pintoresca y utilitaria a la estampa de la cabalgadura para conformar un todo armónico. Sombrero de paño de alas rectas, chaquetilla corta y acinturada, faja de lana ancha, zapato cerrado en el empeine y polainas sobre el muslo, espuelas de grandes rodajas y melodioso tintineo, poncho de gruesa lana, que en el primer tercio del siglo XX comenzó a ser reemplazado por el chamanto escapulario de seda de Doñihue.

Es un ensayo completísimo que aporta al estudioso un enorme bagaje de fundamentos antropológicos sobre el nacimiento de ese personaje que a los chilenos nos identifica y que hoy proyecta su presencia desde el ambiente rural.







Comunicaciones Anfolchi